Que el hormigón sea

Que el hormigón sea ruina no es tan raro…

El edificio ardió cuando lo hizo su vida,
prendió la torre, sin saber por qué.

Y ella lo vió frente a su ventana,
y se reconoció en las llamas,
en el desastre y en el derrumbe,
y lloró por los dos…

Sólo quedó el armazón vacío,
esqueleto inane suplicando su demolición.

Por largos años, torre y vida,
no fueron más que cerros de escombro,
fríos escombros ya sin rescoldo.

Pero el tiempo pasó,
y la piedra fue grava
y, la grava, arena.
Y, retirando arena,
se horadó un pozo
que se llenó de hormigón,
y el pozo se convirtió en cimiento.

Vigas de acero y más hormigón
levantaron, planta a planta,
una torre distinta,
más alta, más fuerte…

Se cubrieron aguas,
se enfoscó fachada
y, el edificio, se adornó de luz.

Ahora se miran, la torre y ella,
y vuelven otra vez a reconocerse.

Sólo el tiempo es capaz de transformar el hormigón.

Cuesta unos años hacer
que el hormigón sea, otra vez… vida.

Ana González de armapalabra

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