Vivir… y contarlo

En estas semanas ando releyendo un libro. Como la gente culta.

En mi caso tiene un poco de trampa, porque releer, releer, sólo ocurría al principio, avanzada la página cien es primera lectura. Porque ya hace ocho años que yo inicié expectante la lectura de este libro, pero no llegué más allá de la página cien. Y no por aburrimiento, no, sino por decepción.

En mis años de universidad inicié la lectura de Cien años de soledad pero no me gustó, y lo abandoné. Mi grupo de amigos de entonces, en un cumpleaños me regaló El otoño del patriarca y ese sí lo leí. Después vinieron El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba, y volví a Cien años de soledad, y me encantó. Y un verano, en la tumbona, en Mallorca, leí Noticia de un secuestro y descubrí el García Márquez reportero. Y vinieron después Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile, y los tomos recopilatorios de la obra periodística. Y en un taller literario diseccionamos algunos cuentos, y me estremecí con Sólo vine a hablar por teléfono. Después leí, con deleite, Crónica de una muerte anunciada, y comprobé que no siempre el asesino se descubre al final.

Me gustaba el reportero, el narrador de realidades,  y el novelista, narrador de ficciones, y admiraba tanto esa dualidad como su inmensa capacidad para inventar esas ficciones que parecían realidades.

Así que, cuando publicó sus memorias, Vivir para contarla, esperé a la siguiente Feria del Libro y me lo regalé. Enseguida comencé la lectura pero, según avanzaba, fui descubriendo cuánto de realidad había en las ficciones que había escrito, cuánto. Y me sentí defraudada, porque me pareció una trampa que las ficciones no lo fueran del todo, que no salieran así, de la nada, de su imaginación. Y abandoné el libro (que soy yo muy drástica para según qué cosas).

Con los años, leyendo más, pensando, escuchando, o, simplemente, viviendo, he aprendido que todos los escritores, los buenos y los malos, los conocidos, los reconocidos y los desconocidos, trabajamos con lo que hemos vivido y, aunque no contemos todo lo que hemos vivido, lo único que hacemos es, como mucho, transformar la realidad que conocemos o la que estudiamos para documentarnos. Y sí inventamos, pero poco, y partiendo siempre de lo que conocemos. Así que, con el tiempo, me reconcilié con él.

Ahora, ocho años después, he vuelto a empezar el libro y ya he pasado de la página cien, y de la doscientas, y de… de no mucho más, pero estoy en ello.

Porque esta vez sí pienso terminar el libro, en parte porque me está gustando y en parte porque debo al autor el haber aprendido lo que ahora me parece el principio básico para un escritor: no hay que empeñarse en inventar, sólo hay que vivir… y contarlo.

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