Sherezade

Cuenta la historia que un rey llamado Shahriar, despechado por la traición de su primera esposa, decidió desposar una virgen cada noche y ordenó que todas fueran decapitadas al amanecer. Cientos de noches transcurrieron así, con una joven muerta día tras día, hasta que Sherezade, hermosa y virgen pero valiente y astuta (que no tiene por qué estar reñido), consiguió ser invitada a la alcoba del rey. Una vez allí, solicitó despedirse de su pequeña hermana y, ante el atento rey, le contó una historia (un cuento, como decimos aquí) que duró toda la noche. El rey permaneció despierto y al final de la noche, ansioso por escuchar una nueva historia, perdonó la vida a Sherezade… hasta el alba siguiente.

 Y así, noche tras noche, porque la historia dice que Sherezade siguió narrando más de mil noches… aunque algo más debieron hacer porque la historia también dice que a la noche 1001 Sherezade y el rey ya tenían tres hijos… Pues eso, que noche tras noche, Sherezade salvó su vida y la del resto de las vírgenes del reino, porque el rey, en esa noche 1001, ya perdidamente enamorado de ella, decidió indultarla y convertirla en su reina.

A veces cuesta más de mil noches descubrir el placer de contar historias, mucho se habla del oírlas, pero también contarlas, de viva voz o por escrito, es un placer. También a veces un don, y otras un vicio, es seguro un aliciente pero en ocasiones, también, una adicción, es lo mismo una afición que un modo de vida, una bendición y una complicación, un vértigo continuo ante el papel en blanco, y una íntima satisfacción cuando se siente, por fin, que las historias fluyen y no se acaban, día tras día, y noche tras noche.

 Los que contamos historias a veces las contamos sin aspirar a nada más, sólo buscamos contar algo que nos ha ocurrido o algo que imaginamos les ocurre a otros, y que el oyente lo entienda, y nada más. Otras veces queremos ir más lejos y pretendemos que la historia divierta, o entretenga, al narrador y al oyente, o lector. En ocasiones somos más ambiciosos y queremos que la historia emocione, que provoque alguna sensación en el que la escucha o la lee, que produzca un cambio, aunque sea mínimo, en su vida.

 Y, cuando soñamos, a veces, lo hacemos con que nuestras historias salven vidas, aunque sólo sea la nuestra, y que enamoren a reyes, príncipes, princesas y sapos. A veces, poquitas veces, soñamos con ser Sherezade.

Soñamos sí y, mientras tanto, no queda otra que escribir, noche tras noche.

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